LA MUJER EN LAS REGLAS DE PALO 

La mujer, fuente universal de la vida y eje de la familia, tropieza en las Reglas de Palo —como en muchas religiones llamadas "primitivas"— con una serie de reservas y de exclusiones relacionadas con sus ritos sacro-mágicos. Llamadas "ndumbas", y de acuerdo a su jerarquía Madres, Yayis o Madrinas, las mujeres ocupan un lugar secundario, no protagónico, en los ritos más importantes: la elaboración de las prendas o ngangas, las ceremonias de iniciación y la matanza de animales de cuatro patas. Es éste un fenómeno conocido y sufrido por féminas de todo el mundo —no importa la religión que profesen— y que parece querer aislar a la mujer de prácticas que involucran, en gran medida, al mundo interior, a la espiritualidad. 

Sin embargo, son motivo de leyenda tres famosas Madres Ngangas: Manga Saya, Ña Filomena y Ña Secundina. La primera fue una conocida cimarrona de la zona del central Orozco, y las dos últimas lo fueron en Matanzas, donde hubo notables concentraciones de esclavos traídos del Congo y Angola. 

Manga Saya, esclava de las plantaciones del ingenio Orozco, fue famosa por su belleza, su porte de reina y sus vastos conocimientos de las propiedades curativas de las hierbas. Era codiciada por amos y esclavos. Y el mayoral, quien tampoco la dejaba en paz, decidió darle un castigo, ya que sus requerimientos amorosos no daban resultado, y la condenó a un bocabajo público. Manga Saya logró escapar y huir por bosques y montañas, ríos y arroyuelos, y se radicó en el palenque de la Sierra del Cuzco. Allí también había encontrado santuario un gran cimarrón llamado Juan Gangá, quien dejó su nombre impreso en esas lomas cerca del pueblo de Candelaria. Ella y Juan Gangá hicieron curas tan milagrosas por medio de las hierbas preparadas con el agua cristalina de los arroyos, que grande llegó a ser su fama y popularidad: hasta los rancheadores tenían temor de adentrarse en la zona de operaciones de ambos. No obstante, le remitían enfermos desahuciados, sobre todo a los que perdían la razón, ya que Manga Saya y Juan Gangá tenían forma de curarles valiéndose de las propiedades de las ceibas y los efectos del sol y la luna. 

Veamos quiénes eran las no menos famosas Ña Filomena y Ña Secundina. Desde su Congo natal, estas dos robustas mujeres fueron traídas como esclavas al ingenio Santa Amalia, inaugurado en 1853 en el pueblo de Cimarrones, muy famoso por ser sus bosques circundantes amparo para esclavos huidos. El pueblo de Cimarrones (actual Carlos Rojas, en la provincia de Matanzas) fue fundado en 1765 y, desde esa fecha, se hizo famoso por su población esclava, que practicaba curas milagrosas por medio de las hierbas y hojas recogidas en esta fértil zona. De estas mujeres de mediados del siglo XIX dice la leyenda que devolvieron la vida a hombres a quienes se daba por muertos, dedicándoles noches de rezos en lengua, de despojos y de órdenes para hacerlos regresar a la vida terrenal. 

Estas historias corren de boca en boca, de padres a hijos, y dan por ciertas las dotes rebeldes, curativas y mágicas de Ña Filomena, Ña Secundina, la Madre Merchora —de la zona de Vueltabajo—, Ma Teodora, de las lomas del Cuzco, y muchas otras. Estas mujeres trajeron a Cuba sus ritos sacro-mágicos, fueron jefas de palenques a todo lo largo y ancho de la Isla, y su fiereza y audacia les valieron la entrada en la historia de la lucha por la libertad. El resentimiento que podría producirles su condición de esclavas y de mujeres marginadas en las distintas manifestaciones religiosas afrocubanas fue, en sus casos, irrelevante.


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