HERENCIA BANTÚ 

La contribución de los pueblos bantúes al desarrollo económico y político de África subsahariana es considerable. Fundaron Estados como el de Luba, Congo y Lozi, geográficamente ubicados cerca del río Congo. En el siglo X surgieron los Estados de Monomotapa y Zimbabwe.

Dentro de las ricas culturas de los pueblos y civilizaciones del continente africano es justo destacar el lugar que ocupan los pueblos bantúes que en la actualidad viven en el sur del Ecuador africano: Tanzania, Angola, Mozambique, Kenya y Sudáfrica, fundamentalmente. Estos pueblos son originarios de una misma región con características somáticas y lenguas comunes. 

En sus inicios, los ancestros de los pueblos bantúes se encontraban asentados en la zona que hoy se ubica en Camerún. En el primer milenio a.n.e. vivían dedicados a la recolección, la caza y la agricultura, al cultivo del ñame y a la cría de ganado mayor y menor en una región muy próxima a los ríos Chari en el norte y Ubangui en el sur, ambos afluentes del río Congo. Se vieron obligados a emigrar hacia allí desde el norte producto del rápido crecimiento del desierto de Sahara. Historiadores africanos y estudiosos de la cultura bantú afirman que esta migración es una de las mayores realizadas en la historia de la humanidad. 

Algunos grupos atravesaron las intrincadas selvas, otros se ubicaron en el altiplano de Katanga (República del Congo), o bordearon inmensas selvas para concentrarse en la región de los Grandes Lagos. Un último grupo se concentró en la misma zona, pero ya con los conocimientos necesarios sobre la técnica de fundición del hierro, que le fueron trasmitidos por sus antecesores, los pueblos nok, quienes realizaban su trabajo en hornos muy rudimentarios pero eficaces. Sus restos han sido encontrados en Mozambique, sobre todo en las provincias de Manica y Tete. 

Los bantúes se dedicaron a fabricar instrumentos de labranza para los campesinos, los cuales intercambiaban por alimentos. El dominio del hierro fue el elemento que propició el desarrollo posterior y la prosperidad económica del pueblo bantú y, por ende, la elevación del nivel de vida de la comunidad, que había crecido considerablemente. Como consecuencia natural, surgió la necesidad de buscar nuevas tierras a través de nuevas migraciones. 

Puede afirmarse que desde el siglo II hasta el siglo III los grupos que emigraron se mantuvieron en la región de los Grandes Lagos y de allí se dirigieron hacia el este en cuatro direcciones fundamentales, asentándose en la zona que hoy ocupan Kenya, Tanzania y Mozambique. Aquellos que en la primera migración se habían asentado en el altiplano de Katanga se desplazaron hacia el este, el oeste y el sur, ocupando de esta forma el África Austral. 

Los llamados bantúes orientales, identificados como shona y xhosa, kikuyu y zulú se dirigieron fundamentalmente hacia Zimbabwe, Mozambique y Sudáfrica; mientras que los occidentales en que sobresalían las etnias herero y tonga lo hicieron hacia Angola, Namibia y Botswana. 

La contribución de los pueblos bantúes al desarrollo económico y político de África subsahariana es considerable. Fundaron Estados como el de Luba, Congo y Lozi, geográficamente ubicados cerca del río Congo. En el siglo X surgieron los Estados de Monomotapa y Zimbabwe. Este último fue fundado por la etnia Shona, proveniente de Sudáfrica, de la región de Natal, quienes dos siglos después edificaron el Gran Zimbabwe. 

Sin embargo, el rápido crecimiento demográfico y la poca fertilidad de la región los obligó a emigrar hacia el valle del río Zambeze para allí comenzar la creación del Estado de Monomotapa, aunque un grupo menos significativo se desplazó al oeste y fundó un pequeño Estado al que llamaron Torwa. 

El comercio con los mercaderes que llegaron a África a través del Océano Índico ya en el siglo VII fue uno de los principales motivos económicos que contribuyeron al florecimiento, desarrollo y expansión de los Estados bantúes, quienes llegaron incluso a instalarse en la isla de Madagascar. Los árabes, principalmente, establecieron factorías en regiones del oriente africano, allí se asentaron y se mezclaron con bantúes, dando origen a una nueva cultura y, por consiguiente, una nueva lengua: el swahili. 

Ya en el siglo XVI, con el desarrollo de los Estados europeos y la decadencia del comercio por el Océano Índico llegaron los portugueses, quienes desalojaron a los árabes y ocuparon militarmente las ciudades del interior bantú. Establecieron el control de la producción de oro, cobre, hierro y marfil, lo que condujo paulatinamente a la decadencia del pueblo bantú. 

Hoy los bantúes, identificados por sus lenguas –más de doscientas– están prácticamente representados en toda África: los zulú, sosa y xosa en Sudáfrica; los makua en Mozambique; los nganya en Malawi; los shona en Zimbabwe; bembas en Zambia; kimbundu y umbundu en Angola; swahili y sukuma en Tanzania; kukuya en Kenya; ganda en Uganda; ruades en Ruanda; rundi en Burundi; ngala y congo en ambos Congos; fang en Camerún, etc... De lo cual se infiere que estas lenguas constituyen el vehículo fundamental de comunicación en todo el continente. 

La esclavitud 

Los portugueses fueron los pioneros del negocio de la esclavitud después de explorar las costas occidentales de África. Les siguió de cerca España, y ya en el siglo XVII se suman a la conquista de tierras en el Caribe Inglaterra, Holanda, Dinamarca y Francia. 

Desde la primera mitad del siglo XVI llegaron a las tierras del continente americano los colonos españoles con sus respectivas estructuras políticas colonizadoras. 

La introducción de esclavos africanos en América y el Caribe estuvo condicionada por intereses económicos. La utilización de grandes contingentes de esclavos africanos fue la “solución” ideal para extraer las mayores ganancias a las plantaciones de tabaco y caña, que fueron los primeros cultivos en introducirse, aunque en las Antillas Mayores desde principios del siglo XVI comenzó a plantarse la caña de azúcar en pequeñas extensiones de tierra. Solo en Brasil este cultivo se realizaba en gran escala, con una extensión aproximada de 80 a 160 hectáreas, y de allí se trasladó a las colonias de Inglaterra, Francia y Dinamarca en la primera mitad del siglo XVII. 

Comenzó así un proceso de los elementos de la cultura europea, india y africana que condujo a la formación de las actuales comunidades etnoculturales en tierras de América y el Caribe, donde se mezclaron no solo los aspectos físicos de los individuos de las diferentes razas. 

En la cultura actual de las comunidades de países que fueron colonias de Inglaterra y Holanda, predomina la rica herencia cultural de los pueblos que habitaban la Costa de Oro, denominados ashanti y fanti, expresada en el arte culinario, la música, la danza, los mitos, las leyendas y sobre todo en las religiones que ejercieron una notable influencia en los Estados de la región, particularmente en los caribeños. 

Los pueblos del antiguo Dahomey, donde la cultura fon es la principal, están ampliamente representados en los descendientes de los antiguos esclavos africanos que habitan hoy en excolonias francesas. Tal es el caso especifico de Haití. 

Los yorubas y bantúes, cuyos cultos y religiones se practican ampliamente en toda América, el Caribe, e incluso en países de Europa, fueron traídos en cantidades considerables a las colonias españolas y portuguesas. 

Las denominaciones dadas a los esclavos procedentes de África no respondían exactamente a los grupos etnoculturales de procedencia, debido a que los propietarios no conocían sus nombres y generalmente los denominaban por los gentilicios de los lugares donde eran adquiridos. Un ejemplo de ello fueron los comprados en Whydah y Ardra en la Costa de los Esclavos, que realmente son nombres dahomeyanos de las tribus yorubas, así como también en los fuertes europeos de Koromatin, y El Mina en la Costa de Oro, y por ello pasaron a la historia con las denominaciones de koromatin y minas. 

Los pueblos africanos más numerosos representados en los esclavos asentados en América del Norte son los fulas, koromatin, yorubas, ibos, ewe, ashanti, fanti, y otros bantúes. La mayoría eran capturados o comprados en un amplio sector geográfico que abarcaba por el norte el río Senegal y por el sur Angola. 

La trata de esclavos a partir del siglo XVII convirtió a Angola en la principal zona de captura por parte de los ingleses. 

Con el nombre de angola llegaron al Caribe esclavos procedentes del territorio Ndongo que hablaban la lengua ki-mbundu, así como otros procedentes del reino esi-kongo del grupo étnico ba-mbamba, a quienes denominaron bambas. 

Con el gentilicio de congo fueron conocidos en algunos países de América los esclavos que eran capturados en las riberas del río Zaire. 

Se calcula que desde África alrededor de 20 millones de esclavos llegaron a América y el Caribe. Para poder introducir esa cantidad, se hacía necesario capturar el doble, pues durante la travesía morían en las bodegas de los barcos de dos a tres de cada cinco embarcados hacia el Nuevo Mundo. 

La historia de la esclavitud está repleta de hechos que revelan la resistencia de hombres y mujeres a este cruel e inhumano sistema de explotación. Innumerables rebeliones, revueltas y sublevaciones tuvieron lugar desde el propio inicio de la esclavitud hasta su total abolición. 

La cultura actual de Brasil y de los países hispano-parlantes de América con población negra y descendientes de esclavos, está permeada de la influencia de los grupos yorubas y bantúes. En los angloparlantes y las antiguas colonias holandesas, se puede apreciar la notable influencia de los esclavos denominados fanti y ashanti, procedentes de la Costa de Oro, a pesar de que los negros esclavos primero y sus descendientes después, se vieron obligados a aceptar la cultura que les imponían los amos blancos. 

En todo el periodo de la trata trasatlántica fueron asentados como esclavos en el Caribe cerca de 1 millón 66 mil hombres y mujeres. Solo Jamaica y Barbados absorbieron el 78 por ciento de ellos, donde sobresalen los koromatin pertenecientes al grupo akan de la Costa de Oro (Ghana), cuyas lenguas maternas eran el ashanti y el fanti pertenecientes al grupo lingüístico twi, cuya fuerza física y capacidad de trabajo era muy apreciada por los esclavistas, pero a la vez temidos por su espíritu rebelde, riesgo que asumían los esclavistas jamaicanos para poder beneficiarse con el fruto de su trabajo. 

A los koromatin siguieron en número los whydah en la Costa de los Esclavos, que abarcaba los territorios de Togo y Benin actual, y los popo, cuyo nombre corresponde a una denominación de los ewes. También fueron numerosos los llamados congos y angola, los mandingas y los yorubas. 

Cultos y religiones 

En Brasil los esclavos y descendientes se enfrentaron duramente a sus amos en condiciones extremadamente difíciles. Su lucha ha quedado recogida en la historia de ese país como una de las páginas más heroicas e importantes escritas en América y el Caribe por los esclavos, quienes tras duros años de enfrentamientos, lograron en el siglo XV fundar la República Negra de los Palmares. 

En Brasil, último país en América que abolió la esclavitud en 1888, la impronta africana se aprecia en las prácticas religiosas: el Candomblé, el culto a Changó de Recife, la Macumba y la Umbanda, y además se practica el vudú, herencia de los esclavos de origen fon y bantú. 

En Venezuela, donde el catolicismo es mayoritario, también en gran medida existen creencias religiosas cuyo origen es netamente africano. Tal es el caso del culto de los Diablos danzantes de Chuao, de Turiamo, de Naiguata y Yare, que se practican sobre los principios cosmogónicos de los ararás del antiguo Dahomey, como el que se dedica a la deidad Age (San Benito para los católicos). En este país también la cultura de los esclavos bantúes es la más arraigada y presente en las fiestas en honor a San Benito que se realiza anualmente en los Estados de Zulia y Trujillo, su mejor exponente son los bailes llamados chimbagueros. 

Desde Cuba llegaron a Venezuela la Regla de Ocha y el culto a Ifá. Desde Brasil a la ciudad de Cabudare, el Candomblé. Pero los cultos y religiones de origen africano no siempre se han sincretizado con el catolicismo. En Surinam, situado en la parte sur del continente americano, conocido como el país de los cimarrones por los grandes movimientos de resistencia a la esclavitud, existe el Winti, que es la suma de la interpretación religiosa de los dioses indígenas de ese país con los africanos aportados por los esclavos. 

En Uruguay y Argentina, países con tradiciones muy europeizantes, muchos descendientes de africanos sin rasgos notables de negritud y blancos han abrazado la forma religiosa brasileña del Candomblé, a la que llaman Batuke. En Centroamérica, a pesar de la fuerte influencia de las culturas autóctonas, más desarrolladas que las africanas, esta última también ha dejado su herencia a pesar de los siglos. Lo mismo transcurrió en países como Honduras, Costa Rica y Nicaragua; sobre todo en la Costa Atlántica se practica el culto a los ancestros congos junto a los aruacos. 

En Colombia el culto Lumbalu se funde con el catolicismo y otros afrocolombianos dirigidos a eggún (los antepasados), los orichas de la Regla de Ocha e Ifá, así como una variante del llamado “espiritismo cruzado”, más el culto de María Lionza y las siete potencias africanas. 

Los cultos y religiones africanas se mantuvieron casi inalterables por la tardía cristianización de los esclavos. Con el paso del tiempo, se observa un creciente proceso de sincretismo entre estas y el cristianismo, de manera más acentuada en Trinidad y Granada. 

En lo referente a la cultura, la música, la danza y la tradición oral marcaron definitivamente el componente africano de las naciones. En las colonias británicas de las Antillas Menores se formaron comunidades etnoculturales que agrupaban a descendientes de esclavos muy al estilo africano, tal es el caso de Jamaica. Así, por ejemplo, los textos de las canciones no reflejaban la africanía, pero las manifestaciones de danza y música se mantenían muy vinculadas a la herencia cultural africana. 

La presencia de grupos de diferentes etnias africanas en Jamaica ha aportado la práctica de sistemas religiosos muy particulares, como el movimiento de los Rastafaris, cuyo principio radica en la africanización de los preceptos del Antiguo Testamento, además del myalismo, la kumina, el convince y el junkunu. 

En las islas excolonias inglesas los descendientes de los esclavos africanos – población mayoritaria– mantienen inalterables hábitos y costumbres heredados, ejerciendo su influencia en la organización de las ceremonias rituales actuales y en la creación de nuevas formas culturales, sin que ninguna de estas manifestaciones se prive de la africanía. 

En Trinidad y Tobago los esclavos de origen fon y bantú practican el vudú, aunque es dominante allí el culto a Changó, oricha yoruba. 

Muchos de estos cultos religiosos se vinculan a la llegada de ibos y congos en el siglo XIX a Trinidad, y de otras denominaciones, proceso que culminó en el año 1885. El mismo fenómeno se produce en Granada. 

En la mayoría de las islas de las Antillas Menores el dios del trueno, Changó, equivale jerárquicamente al apóstol Juan, mientras los ritos religiosos de los colonizadores europeos hasta hoy mantienen la influencia de ritmos y danzas meramente africanos. 

En San Vicente los orichas tienen un espacio entre la población de origen africano, a la que llaman Kele. 

En Haití y Santo Domingo la gran mayoría de los esclavos procedían de países como Ghana, Benin, antiguo Dahomey y Nigeria, de los cuales una parte considerable pertenecía a los grupos lingüísticos tvi, eve y yoruba. Fue en Haití donde tuvo lugar la primera rebelión triunfante de negros esclavos en América y el Caribe. Allí están casi intactos los ricos legados culturales de los antepasados, donde el vudú –con sus ramas petro y rada– es el sistema religioso. La petro aporta los fundamentos de la religión de los bantúes, predominante en lo conceptual y estructural, a pesar de estar permeada del catolicismo. 

En República Dominicana el vudú tiene características muy criollas, ya que posee componentes considerados más mágicos que religiosos. La herencia africana está presente en las ceremonias y rituales funerarios, en la música, en la danza y en el léxico popular. Debemos subrayar que la herencia africana ha tenido un papel de primer orden en la formación de la nación dominicana. Los más eminentes historiadores e investigadores dominicanos han dedicado sus mejores esfuerzos al estudio del tema. 

Es muy poco conocido el aporte a la cultura del continente americano de los pueblos bantúes, influencia que llegó hasta el territorio de EE.UU. Pueden admirarse las excelentes habilidades que poseían aquellos esclavos para las artes plásticas en las hermosas tallas sobre maderas preciosas realizadas en el siglo XVIII, en los muebles y las viviendas de los propietarios en las colonias del sur estadounidense, adornadas con bellas rejas, verdaderas joyas del arte africano. En el calipso, el jazz, los spirituals, están presentes los bantúes, en instrumentos musicales: el tam- tam, es decir el ngoma, el tambor, la tumba, el nukuiti, el kinfuiti, la caja, la mula, el cachimbo mayor y menor, el bongó, el patenque, las calabazas, los cencerros, y otros muchos. 

La influencia del arte culinario africano en general y bantú en particular se encuentra viva en los pueblos de América y el Caribe, sobre todo en Cuba, en las salsas, las viandas como el plátano (malkondo), la yuca (yaka o kuanga), los diferentes tipos de frijoles: el madeso o judía, los frijoles negros y colorados (friollas), el maní (nguba) y en el llamado ngulo que no es más que el delicioso cerdo, así como en los platos elaborados con el pescado, legumbres y otros.


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